Australia ilustra cómo la intervención humana en los ecosistemas puede ser nefasta. 

 

 


En 1859, Thomas Austin, un granjero inglés afincado en Winchelsea, en el estado de Victoria, se trajo dos docenas de conejos desde su tierra natal para divertirse cazándolos. “Unos pocos conejos no harán mucho daño”, dijo. Diez años después los conejos se habían convertido en la peor plaga que había padecido el continente en toda su historia, multiplicando su población hasta extremos insoportables.




La Rabbit Proof Fence: Cuando acababan de encontrarse conejos dentro del territorio de Australia Occidental, se planteó la posibilidad de levantar una barrera que impidiera a los simpáticos animalillos acceder a los pastos y granjas del estado. Ya se había hecho algo parecido para contener a los dingos al otro lado del país, así que la idea no era nueva. Y en 1901 se pusieron manos a la obra. Comenzaba así la construcción de lo que entonces se llamó Rabbit Proof Fence, o verja a prueba de conejos.

 

 

La primera de las tres vallas que se construyeron (ver el mapa de la derecha) recorre más de 1.800 kilómetros (la distancia en línea recta entre Madrid y Berlín, o entre Barcelona y Varsovia) entre las costas norte y sur del estado de Australia Occidental. Su construcción, al igual que la de su hermana mayor al otro lado del país (la Dingo Fence), no fue sencilla. La verja cruza cientos de kilómetros de zonas deshabitadas, y la logística necesaria para transportar el material necesario desde las costas al interior era compleja. Se utilizaron 8.000 toneladas de material, parte del cual fue importado desde España. Los materiales para la construcción de la verja llegaban a los diversos puertos, eran llevados en ferrocarril a almacenes tierra adentro y, finalmente, trasladados en caballos, burros o camellos (preferiblemente estos últimos) hasta el desierto.

Quizás lo veamos mejor en un vídeo: